EL ÁRBOL DEL AMOR
I
Un
próspero productor de ovejas tenía entre sus trabajadores a un hombre honesto y
siempre llano a solucionar cualquier problema que se presentase, de ahí que
Darío, que así se llamaba el dependiente, gozara de la estima y la confianza de
su patrón. Darío tenía un pequeño hijo llamado Héctor, muchacho vivaz y
juguetón, muy afecto a las bromas que hacía las delicias de quienes lo conocían
y gastaban momentos de solaz junto a él.
Don
Fernando, el dueño de la ovejería, era el primero en internarse en las labores
diarias desde que había quedado viudo.
-
Vuélvase a casar, don Fernando, le habían aconsejado.
-
Después cuando mi Dianese esté más grande, contestaba.
Todos
sabían que era sólo un pretexto y que el hombre estaba empeñado en conservar su
viudez tanto como la memoria de la esposa fallecida, pues, a pesar de que la
pequeña Dianese se había convertido en una linda y atractiva adolescente, al
criador de ovejas no se le había vuelto a ver en compañía femenina.
La
muchacha, dedicada más que nada a las labores de la casa, se pasaba el día bajo
la custodia de una vieja nodriza quien no la dejaba sola, por encargo del
celoso padre, ni un momento.
Dianese
que como esos pajarillos que nacen en cautiverio no conocen la libertad, se
había acostumbrado a permanecer bajo la sombra tutelar de la anciana.
II
Una
mañana, Héctor se avecinó a la casa del patrón a solicitar las herramientas
para la esquila, pues, la primavera había llegado ya y era necesario privar a
las ovejas de la lana. En un descuido de la nodriza, Dianese y Héctor cruzaron
miradas furtivas, pues, jóvenes como eran, habían sido tocados por algo que sus
corazones ignoraban.
El
muchacho fue despedido rápidamente por la anciana, pues algo le hizo presentir
que podría tener problemas con don Fernando “Nunca permitas que ningún hombre
se acerque a la casa” y ella había notado algo extraño al atender al hijo de
don Darío.
III
Subido
en lo alto de un cedro, el intrépido Héctor disfrutaba de una visión sobre la
casa, donde Dianese y su nodriza acostumbraban sentarse a la puerta para apilar
y clasificar la lana de la esquila.
No
tardaron los ojos de la joven en detectar a su inquieto amante y por ende,
buscar la forma de escapar a la custodia de la criada. Una tarde en que la
vieja se había quedado dormida, Dianese se lanzó a campo, traviesa donde sabía
que encontraría al muchacho. A partir de ese día, a la primera oportunidad los
jóvenes amantes se daban cita bajo el cedro.
-
Tengo miedo que mi padre nos descubra y me prohíba verte, se quejaba la
muchacha.
-
No tengas miedo nadie podrá separarnos nunca, decía el muchacho buscando
consolarla.
Como
para darle más seguridad y borrar la tristeza reflejada en sus ojos, Héctor
sacó la navaja que siempre llevaba consigo y grabó su nombre y el de ella
dentro de un corazón.
-
Ahora le pondremos la fecha y cuando tengamos nuestros hijos y nuestros nietos,
los traeremos aquí para que vean como el amor sale adelante siempre.
Dianese
recuperó la alegría que siempre la embargaba.
IV
No
tardó la nodriza en sospechar que algo extraño estaba sucediendo, por lo que
una tarde fingió estar dormida y, al notar que la muchacha se internaba en el
campo, la siguió. A duras penas logró la anciana perseguir a Dianese, pero pudo
así confirmar sus sospechas.
Acosada
por el temor de ser castigada por el celoso don Fernando, la nodriza decidió
ponerlo al tanto de lo que sucedía. La reacción del padre fue furibunda
llegando al punto de acusar al padre del muchacho de ser cómplice del romance
de su hija. Luego de echar al padre y al hijo don Fernando duplicó su celo
sobre la hija y muchos días permanecía en la casa, vigilante. Esto trajo como
consecuencia que descuidara la granja, la cual fue perdiendo importancia en su
vida.
Sólo
le interesaba cuidar que la hija no volviera a ver al hijo de su antiguo
empleado. Pero Héctor, joven e impetuoso, no estaba dispuesto a ceder en sus
pretensiones y seguía rondando por los alrededores. Subido al cedro, vigilaba
constantemente la casa: puertas y ventanas eran observadas con acuciosa mirada.
-
Ahí está ese maldito muchacho trepado en aquel árbol, vociferó el enloquecido
don Fernando, pero ahora verá, acabaré con su mirador.
Provisto
de una enorme hacha, Don Fernando trató de talar el cedro, pero gran sorpresa
tuvo al ver que la pala acerada rebotaba como si estuviera golpeando una roca.
Frustrado en su objetivo, regresó a la casa, indicó a la nodriza que empacara
sus bienes y se encerró en su habitación.
V
En
vano el joven enamorado trepaba a la copa del cedro. Las puertas de aquella
casa habíanse cerrado para siempre dejando dentro de ella una soledad
impenetrable “Nos marcharemos esta noche y no regresaremos nunca más”, fue lo
último que aquellas paredes escucharon.
VI
La
granja desapareció como desapareció el hombre que la había construido. Y
aquello que en un tiempo fue un lugar próspero lleno de balidos, se convirtió
en un inhóspito páramo donde el tiempo fue transcurriendo sin detenerse un
instante.
VII
Como
hay árboles que desafían el paso de los años, el cedro permaneció allí,
erguido, mirando las nubes pasajeras y eternas, abriendo su corazón a los
pájaros que anidaban en sus ramas. Su corteza ya no era joven como un siglo
atrás, pero aún sobresalía como uno de los mejores árboles que abundaban por la
zona.
VIII
Una
fría mañana de otoño, dos leñadores provistos de sus hachas, llegaron cerca del
cedro y comenzaron a talar algunos árboles.
-
Este parece estar bueno, se le ve buena madera, dijo el más animoso. Subiré y
le amarraré una cuerda cerca de la copa, así nos será más fácil derribarlo.
A
los pocos minutos, el muchacho bajó, y le dijo a su compañero:
-
Lo que es yo, no me atrevo a talar este cedro, amigo, si quieres córtalo tú, yo
voy a buscar otro.
Al
ver que su compañero se marchaba, el otro leñador trepó al árbol para ver qué
había sucedido.
-
Ahora comprendo, dijo, y comenzó a descender.
Ya
en el suelo, tomó su hacha y fue en busca del otro leñador.
En
lo alto, en lo más denso del follaje, entre el trino de los pájaros y el
continuo susurro del viento, se veía un corazón envejecido por el tiempo; en
cuyo interior los nombres de Héctor y Dianese permanecían después de cuatro
siglos, unidos a cuarenta metros de altura en un juramento eterno que parecía
haberse hecho recién.
LOS TRABAJOS DEL DIABLO
Levantóse
una mañana muy molesto el diablo porque la noche anterior uno de sus diablillos
asesores le había pasado una lista de los ingresados al infierno, cantidad que
el amo de los cuernos colorados consideró muy pequeña comparándola con la que
San Pedro, el guardián del cielo, poseía. Decidió entonces descender a la
tierra y darse una vuelta a ver si llevaba consigo unos cuantos pecadores. Fue
así como se le vio descender trinche en mano por los alrededores de una huerta,
donde un anciano con cara de buena gente parecía necesitar ayuda.
- Estoy
para servirlo, buen hombre, dijo el cornudo gentilmente.
El
hombre le explico que tenía que llevar una carreta de frutas a un pueblo lejano
y que por lo tanto estaría ausente una semana por lo menos, y que por ello le
encargaba vigilar a su mujer, que por su juventud, belleza y coquetería era
acosada por lo jóvenes mozos del lugar.
- Vaya
usted tranquilo, yo me encargaré de ella, digo el diablo, pensando
cobrarse con el alma del viejo cuando se muriera. Aquella primera noche el
diablo tuvo mucho trabajo, pues, no bien espantaba a un osado mozalbete, cuando
ya hacía su aparición algún otro enamorado.
- Atrévete
a tocar a esa mujer y te atravesaré las costillas con este trinche, decía
el rijo diablo.
Con
estas palabras y su espantosa figura el diablo hacia huir a todos los amantes.
Pero no sólo el trabajo del diablo era excesivo en la noche sino también
durante el día, pues, la coqueta mujer no hacía más que asomarse a la ventana o
al balcón de la casa para atraer a los hombres como moscas al basural. Cuando
el marido regresó, la mujer o había podido meter amante alguno en su lecho,
pero el pobre diablo tenía más ojeras que parecía un mapache colorado.
- Ahí
te dejo tu santa mujer, dijo el diablo muy enfadado, no he
podido pegar un ojo desde que te fuiste. Vaya mujercita la que tienes, ni en mi
reino la aceptaría.
El
propietario del infierno se marchó dando un portazo y dejando al hombre sin
entender una palabra.
Recuperado
el ánimo el diablo continuó su peregrinaje terrenal llegando a una vega donde
un pastor dormía plácidamente.
- Oye,
amiguito, no tienes miedo que algún animalejo de cuenta de tus bolas de lana.
El
zagal se quedó pasmado al ver que el diablo realmente existía.
- Tú
sigue durmiendo, muchacho, yo cuidaré de tus ovejas, dijo el
luciferino.
Toda
la mañana y parte de la tarde se le vio al diablo correteando lobos, zorros,
chacales y todo tipo de alimañas, mientras el pastor dormía a pierna suelta.
Llegada la noche, el diablo estaba tan agotado que no podía tenerse en pie y no
deseaba nada más que una cómoda cama donde poder echarse.
- ¡Ah!
No, amiguito, dijo el joven pastor, sólo tengo una litera y en
ella duermo yo, así que tú te vas a dormir al redil y de paso cuidas mis
ovejas, pues, es de noche cuando asoma el verdadero peligro.
Maldiciendo
el momento en que se encontró con el pastor, el diablo tuvo que acomodarse
junto a los perros, pues, no había otro lugar disponible. Los canes lo vieron
como una extraña raza que les prodigaba un reconfortante calorcito en aquella
fría noche, así que toda la noche se le pasaron pegando sus cuerpos al diablo.
Las pulgas, los gruñidos y los ladridos casi lo enloquecieron, por lo que muy
temprano tomó su trinche y se largó.
- Hasta
que este infeliz se muera ya las pulgas habrán acabado conmigo, dijo
el diablo.
De
nuevo en sus andanzas, el diablo encontró a una rolliza mujer que batallaba con
tres niños pequeños.
- ¡Caramba!, dijo
la mujer. Ya no se puede confiar en la gente. Hace horas que espero a
la criada y ésta o aparece, sino llega perderé mi trabajo.
El
diablo, que buen olfato tenía para catar a quienes están a las puertas del
sepulcro, se acercó a la mujer y le ofreció cuidar de los niños hasta que ella
regresara. Aun cando no le gustó nada el aspecto de aquel hombre de rojo,
cuernos y trinche, la mujer no tuvo más remedio que aceptar la ayuda.
- Bien,
pequeñitos, vamos a casa y jugaremos un rato.
Ya
en casa de la mujer, los traviesos comenzaron a hacer de las suyas a costa del
quien creían que era el nuevo criado. En un descuido del diablo, los niños se
apoderaron de su trinchante y lo escondieron. Después de varios minutos de
búsqueda el diablo dio con su inseparable ornamento, pero a costa de pasear
sobre su espalda, a manera de caballito, a los tres niños, a diez vueltas a la
casa cada uno luego, ya extenuado, no pudo evitar que le jalaran el rabo y se
colgaran de sus cachos a manera de columpio. Cuando la mujer llegó, el diablo
corría por toda la casa gritando como un loco para que detuvieran a esos
diablillos que amenazaban clavarle el trinche en el pescuezo sino les daba más
caballito. El visitante luciferino recuperó con gran esfuerzo su lanza de
Neptuno y se lanzó a la calle lo más rápido que le respondieron sus piernas.
Algo desanimado de haber abandonado su cálido reino, el diablo decidió tentar
suerte una vez más. Después de dar muchas vueltas, el diablo vio a un anciano
que cargaba un saco de carbón. Al verlo tan viejo y extenuado creyó encontrar
un buen cliente, después de todo, no quería retornar al infierno sin llevarse
algún mortal consigo.
- Deme
ese costal que yo lo llevaré, dijo el diablo muy zalamero.
El
hombre aceptó gustoso aquel ofrecimiento. El bondadoso diablo no tardo en
descubrir que el viejo era explotado por un carbonero y que aún faltaban
transportar cientos de sacos de aquella materia negra.
- Apúrate,
amigo, y como no termines a tiempo te azotaré hasta arrancarte ese gracioso
rabo, gritó el carbonero malhumorado de haber perdido los servicios
del anciano.
Ya
era de noche cuando el infeliz diablo terminó con su labor humanitaria. Estaba
tan negro que ya no se le veía. De ello se aprovechó para marcharse, pues, no
estaba dispuesto a cargar un saco más. De regresó al infierno, con la espalda
molida por tanto esfuerzo, el diablo tocó la puerta de ingreso a lo que
consideraba un paraíso con respecto a lo que le había tocado vivir en la
tierra.
- Un
momento, amigo, qué desea, interrogó un enorme diablo que hacía las
veces de portero.
El
diablo se dio cuenta que por lo negro de su aspecto no era reconocido, pero
luego de sacudirse un poco y de acicalarse el rostro, recibió de parte del
cancerbero un saludo ceremonioso digno de su rango. Echado en su cama, el
diablo se sintió feliz de haber retornado a la paz de su hogar.
EL ANILLO DE ARNAÍS
La felicidad es una cosa monstruosa.
Quienes la buscan encuentran su castigo.
GUSTAVO FLAUBERT
I
“A
veces es mejor ignorar para ser feliz”, dijo
el joven Trasimeno, mientras la pira en que reposaban los restos de su padre
dejaba escapar enormes lenguas de fuego.
- Qué bellos colores, no crees Márcico, dijo el muchacho.
El
viejo adivino asintió con un leve movimiento de cabeza.
-
- Mira esas llamas verdosas, azuladas, magentas, gualdas, todo un
arcoíris señalando el camino que debe seguir ese infeliz que tanto poder tuvo y
del que en unos instantes no quedará más que un cumulo de cenizas y un cráneo
ennegrecido que el viento se encargara de esparcir.
- Las
de su padre, mi señor, dijo el adivino.
- Si
padre se puede llamar a esa carne que se consume en ese asador.
Cerca
a la pira el príncipe Tracio, el hijo mayor del rey Bersaul, oraba de rodillas
invocando a sus antepasados para que hicieran más placentero el viaje de su
padre hacia esos lares extraños que se hallaban más allá de las estrellas.
- Vuestro
hermano parece sentir un gran pesar, dijo el adivino con un suave tono
de insidia y reproche.
Trasimeno
lo miró con desprecio.
- Dentro
de una semana vuestro hermano asumirá el trono dejado por vuestro padre, por
ello debo coordinar todo lo relacionado con la ceremonia. Con vuestro permiso,
joven príncipe.
Trasimeno
lo vio marcharse, orondo, como quien está seguro de que con el nuevo monarca
ascendente su estatus social y político no será perturbado.
- Mi
amado hermano es la prolongación de mi padre, Procurcio, así que acostúmbrate a
que las cosas sigan como de costumbre, sin que el zumbido de una mosca cambie
en algo esta vida anodina, sin emociones, viendo como nuestros pueblos vecinos
crecen y nosotros permanecemos a la sombra viéndolos erigirse como los dioses.
Procurcio
escuchaba a su amo con la devoción de un perro. Tenían casi la misma edad y
habían sido compañeros de juegos desde la infancia. La madre de Procurcio había
atendido a la reina hasta que murió víctima de unas fiebres misteriosas que,
según la opinión de los doctos, había llegado a Samos a través de una caravana
de beduinos venidos del desierto. Ancianos, hombres, mujeres y niños, en un
total de doscientos cincuenta, fueron ejecutados por orden del rey Bersaul y
sus cuerpos quemados para evitar una peste. Al morir su madre, Trasimeno se
sintió muy desolado, pues, las atenciones de Bersaul para con Tracio dejaban de
lado al hijo menor a quien consideraba inferior en todo con respecto a su
hermano. Y como es propio del hombre odiar a quien lo ofende, en el corazón del
niño Trasimeno fue gestándose una inquina hacia su padre que con los años
creció a extremos que sólo un rostro hipócrita podía ocultar.
- Tengo
hambre, Procurcio. El olor a carne quemada ha despertado mi apetito, vayamos al
campo, dijo el joven príncipe.
La
vivienda donde Trasimeno gustaba pasar sus momentos de ocio, que eran muchos,
estaba en el campo, en las afueras de la ciudad. La casa parecía una fortaleza,
con grandes ventanales en las dos plantas, arcos y puertas afiligranados
dábanle un aspecto señorial. En la parte posterior lucia bellos jardines con
pequeños caminos donde algunos bancos de piedra servían de descanso.
Los
criados se desplazaban silenciosos por las terrazas.
Algunos
pollos y palomas picoteaban granos de trigo partido cerca a las cuadras donde
se hallaban encerrados caballos, vacas, cabras y pollinos.
- ¿Qué
deseas comer?, preguntó Procurcio.
- Lo
dejo a tu elección, amigo, contestó Trasimeno.
Tendido
en una hamaca el joven príncipe meditaba sobre su situación en el reino. Antes
estaba bajo la tutela de su padre, ahora estaría en manos de Tracio.
Al
cabo de un rato, Procurcio regresó en compañía de una joven criada quien
portaba una bandeja de madera con un tazón de leche de cabra, unos trozos de
pan blanco, un vistoso pastel de higos y trigo, un trozo de cerdo ahumado,
miel, aceite y unos granos de sal.
Charlaron
un buen rato mientras Trasimeno comía con deleite.
Las
preguntas de Procurcio y el tono de voz con que las formuló – bajo, solícito,
compasivo -, reflejaban el cariñoso lazo que los unía.
- ¿Qué
piensas hacer, príncipe?, dijo Procurcio casi susurrante.
- Apoderarme
del trono, contestó Trasimeno secamente.
Un
criado los interrumpió. Dijo algo al oído de Procurcio y se retiró.
- El
rey Arnaís de Egipto ha venido a darte sus condolencias, dijo
Procurcio.
A
los pocos minutos el monarca egipcio ingresaba a la casa. Observó las paredes
primorosamente estucadas, el techo formado por enormes vigas de roble,
enmohecidas por las manchas de la lluvia y del tiempo; el piso, de pulidas
baldosas romboides negras y blancas, muy firme y gastadas; se detuvo ante unos
taburetes con las patas talladas imitando las de los tigres; una alfombra
persa, donde un cornaca guiaba a unos elefantes, cubría parte de una pared.
Cuando
estuvo frente al príncipe Trasimeno, Arnaís se deshizo en cumplidos.
Trasimeno
lo observó detenidamente. Una túnica color arrebol daba un reflejo rosado sobre
aquel rostro suave y redondo. Los cabellos, algo largos, estaban rizados y bien
cuidados. Su frente ancha hacía resaltar las cejas curvadas sobre dos ojos
azulados un tanto achinados. Una nariz aquilina desencajaba en aquella figura
de barba acicalada.
Trasimeno
observó sus manos blancas y mesuradas con unas uñas recortadas y pulidas. Un
enorme anillo de oro con la figura de un pez finamente labrado llamó su
atención.
Arnaís
olfateó el aire, se rascó la nariz y dijo:
- El
aroma del campo es agradable con su olor a mijo, a trigo, a dulces flores, pero
nada se compara con el mar.
Trasimeno
recordó que cuando frisaba los trece años su padre lo había llevado a Egipto y
que el monarca que ahora estaba frente a él, había hablado maravillas del mar
mientras daban un largo paseo en uno de sus barcos; recordaba la nave
alfombrada, cubierta de almohadones forrados en terciopelo y bellas y finas
telas de brillantes colores que iban del índigo al púrpura; recordó a bellas
egipcias, adolescentes y púberes, envueltas en chales multicolores y en una
nube de vistosos encajes; recordó que a su padre le llamó la atención aquel
reino exótico de pirámides y de reinas como una tal Hatshepsut, que a través de
intrigas y ardides, había logrado adornarse con los atributos de la realeza,
llegando incluso a vestirse de hombre y usar una falsa barba ceremonial;
recordaba también haber navegado por un río enorme cuyo nombre no recordaba,
pero que sabía, por labios de su padre, que aquella enorme serpiente acuosa
brindaba prosperidad a los habitantes de sus riberas; recordaba por último que
cuando el río volvía a su cauce normal, después de cada inundación, quedaba
tras de sí fango y espuma, así como aguazales y pantanales protegidos por una
abundante vegetación, que los rayos solares no lograban penetrar. En esos
lugares prósperos, poblados de tupidos cañaverales, donde se multiplicaba el
bambú, abundaban toda clase de reptiles, ranas y sapos de gran tamaño, ágiles
lagartos y una gran gama de criaturas cubiertas muchas de ellas de una pátina
color esmeralda de las del gran río. Todo eso recordaba cuando el rey egipcio
comenzó a hablar de las bondades del mar.
- El
viento forma sobre el mar, azules montes, blancas montañas, todo un sinfín de
maravillas. Es agradable contemplar el mar agitado. Mar, cielo terrenal donde
espuman nubes. ¡Oh mar! ¡Oh mar!
Así
de bella debe ser la eternidad.
Las
palabras del rey brotaban como versos.
- Adoráis
el mar, majestad, preguntó Trasimeno.
- Sí,
cuando muera quisiera navegar por los mares, dijo Arnaís con voz
nostálgica.
Trasimeno
había terminado su “primera merienda” y ahora daba cuenta de
un trozo de carnero.
- Os
contaré un secreto, joven príncipe, dijo Arnaís, acercando su rostro lo más
que pudo a Trasimeno. No sé nadar.
- Pero
es que yo pensaba que...
Arnaís
lo interrumpió.
- Nunca
me atreví a ingresar al agua, siempre sentí temor a esas olas, a esa forma que
tienen de jalar hacia adentro, prefiero tener los pies en la tierra, concluyó
el rey egipcio.
Pasaron
algunas horas juntos. El monarca se comprometió a apoyar al nuevo rey en todo
lo que estuviera en sus manos. Cuando se despedían, Trasimeno dijo a Arnaís.
- ¿Habéis
visitado a mi hermano Tracio?
- No
creo que haya necesidad, joven príncipe.
Luego
se marchó seguido de una larga comitiva.
Ya
a solas con Procurcio, Trasimeno dijo:
- Ese
hombre parece haberme leído el pensamiento, debemos tener cuidado de él cuando
mi hermano esté junto a mi padre allá en el más allá.
Procurcio
entendió el mensaje y, a los pocos días, se presentó con un hombre de unos
cincuenta años, robusto, con una ligera calvicie, fuerte de brazos y de
piernas. Se llamaba Azzam, había sido gladiador, las cuantiosas cicatrices en
los brazos, piernas y rostro, indicaban que había trajinado durante muchos años
por las arenas. Trasimeno lo observó con curiosidad.
- Es
de confiar, le preguntó a su criado.
Procurcio
asintió.
Mató
a su padre cuando tenía diez años por golpear a su madre, luego la mató a ella
porque un día lo golpeó a él. Se enamoró de una frigia, pero como era casada y
el marido muy celoso, lo ahogó en un abrevadero de camellos. Dice que son más
de doscientos hombres los que han muerto en la arena a causa de sus brazos.
Con
un ademán, Trasimeno lo hizo callar. Se acercó al hombre y le preguntó:
- Sabes
porqué estas aquí.
El
hombre, que era sirio, asintió.
- Abre
la boca, le dijo Trasimeno.
El
hombre abrió la boca desdentada, la lengua había sido arrancada desde la raíz.
Trasimeno hizo un gesto de fastidio.
- Él
mismo se la arrancó, dijo Procurcio.
Se
prometió no volver a besar a una mujer después que mató a la frigia cuando lo
quiso abandonar. Parece que la amaba mucho.
- Ya
veo, dijo el príncipe en tono burlón.
Se
hizo el trato, el sirio recibiría tres cabalgaduras, mil denarios y una carreta
con provisiones para una semana.
- No
quiero que su muerte cauce sospechas, eso tenlo bien presente, dijo
Trasimeno con voz eufórica.
El
sirio asintió con majestuosidad y se retiró.
- Es
un profesional, no te preocupes, dijo Procurcio.
II
Tracio
partió hacia los bosques de Eufrasia cuando el cielo aún era de un gris azulado
y cuantiosas y enormes bandadas de pájaros se aprestaban a abandonar las copas
de los altos árboles.
El
escuadrón de halcones que llevaba consigo comenzaron a olisquear el aire,
nerviosos, moviendo las crestas y dejando al descubierto las garras. Licinio,
el cetrero encargado de cuidar, adiestrar, reproducir y alimentar a las
rapaces, observaba el amanecer, atento, la mirada dura, fiera y directa, “como
la de un milano” solía decir Tracio cuando estaba embriagado y Licinio
era víctima de sus bromas.
Porque
Licinio era a Tracio como Procurcio a Trasimeno.
- Preparen
las aves, gritó Tracio a Licinio.
Provisto
de gruesos guantes de cuero, Licinio fue pasando lista a las rapaces: milanos,
águilas, azores, gavilanes y halcones fueron sacados de sus jaulas. Una
veintena de hombres estaban al mando de Licinio, todos habían sido adiestrados
por él en la manipulación de esas aves preparadas para matar.
- Lobos,
gritó un vigía.
- ¿Cuántos?, gritó
Tracio.
- Una
madre y tres lobeznos.
- Poca
cosa, dijo Licinio, cinco águilas serán suficientes.
- Prepáralas,
quiero que los cojan a campo traviesa, nada me da más placer que ver a esas
asesinas despedazando un lobo.
Avanzaron
sigilosos persiguiendo a la pequeña manada; cuatro lebreles se encargaban de
pisarles el rastro. Licinio llevaba en el brazo derecho a un águila de mediana
estatura, de fuertes garras. Era un experto en el dominio de ese tipo de caza.
Se había criado con halconeros mongoles que adiestraban a las águilas para
matar lobos y así proteger su ganado de las manadas depredadoras. Cuando los
pequeños lobos y la madre ingresaron a un calvero, Licinio lanzó las dos
primeras águilas. Mientras una de ellas instigaba a uno de los lobos pequeños,
creando cierta incertidumbre en el animal, la otra, aprovechando el pánico de
la víctima, se lanzó sobre el lobezno. El golpe fue letal, las garras del
águila cercenaron parte del cuello del cachorro quien dio un aullido agudo y
lastimero antes de morir. Cuando los otros lobos y la madre se percataban de lo
sucedido, cuatro águilas audaces y dos de cabeza blanca sobrevolaban a baja
altura, midiendo el movimiento y velocidad de sus víctimas.
Licinio
emitió un silbido largo y profundo con las manos en bocina, y las aves
atacaron. La agonía de los lobos se prolongó durante más de una hora.
Cernícalos patirrojos se encargaron de dar cuenta de los cuerpos
sanguinolentos.
- Ha
sido una buena caza, dijo Tracio ordenando que se repartiera el vino
entre los hombres que habían participado en la matanza.
Antes
del atardecer, Tracio y su comitiva regresaban exhaustos. Cerca de una cañada,
Tracio, que cabalgaba a gran velocidad, cayo del caballo y su cuerpo fue a dar
entre unas rocas.
Uno
de los arreos de la montura había cedido echando por tierra al jinete. El corte
hecho a una de las correas que sujetaba la silla al caballo había sido hecho
por un experto.
Procurcio
no se había equivocado, Azzam conocía bien su oficio. Tras una agonía de cuatro
días, Tracio, con la espina dorsal hecha trizas, abandonaba este mundo sin
haber recibido la corona sucesoria.
El
camino de Trasimeno hacia el trono estaba ahora libre de cualquier
inconveniente.
Ahora
las cosas cambiarían para todos aquellos que otrora habían desestimado su
poder.
III
Con
la muerte de Tracio y la inevitable ascensión al trono de Trasimeno, Márcico
sintió cierto temor, pues, el haber favorecido siempre al príncipe muerto lo
hacía vulnerable al príncipe vivo. Su autoridad fue desplazada de un plumazo
por las nuevas disposiciones que Trasimeno dictaminó y que Procurcio, muy
solícito, se encargó de que se cumplieran. El viejo agorero perdió la mitad de
sus propiedades y tierras de cultivo que fueron a pasar a manos de sus
cuantiosos esclavos y sirvientes.
- Sólo
me ha dejado un sirviente y una cocinera, se quejaba el viejo con todo
aquel que lo quisiera oír.
Trasimeno
no le consultaba nada, en su reemplazo, colocó a Vinicius y a Truso, dos
jóvenes romanos de solemne estirpe, quienes hacían sus primeros ensayos en el
misterioso terreno de la quiromancia.
En
el palacio en Egipto, Arnaís recibió la noticia de la muerte de Tracio sin
sorpresa alguna.
- Los
lobos tienden a salir de sus cuevas cuando el hambre los apremia, y por lo que
veo, este lobo no sólo es desmesurado en el comer, sino también para deshacerse
de sus adversarios, así sean de su propia sangre.
Los
sacerdotes y escribas que rodeaban al rey escuchaban atentos y en silencio. El
palacio de Arnaís era suntuoso. Tenía en torno una serie de talleres, cocinas,
establos, capillas y salones de banquetes donde gustaba agasajar a sus
invitados, los cuales eran muy frecuentes. Bebía poco y conversaba mucho, sobre
todo con viajeros a quienes podía escucharlos durante interminables horas sus
sirvientes siempre andaban de un lado a otro, sigilosos y eficientes en cocer
el pan y galletas en los hornos, preparando el vino en los lagares,
embotellando la cerveza en la bodega, almacenando los cereales en los silos.
Así
como Tracio tuvo a Licinio, Trasimeno tenía a Procurcio, Arnaís tenía a Ombo.
Era el mayordomo principal encargado de vigilar, controlar y ordenar a los
sirvientes, criados, escribas, vinateros, carpinteros y pastores. Arnaís se
había mantenido célibe y, como no tenía descendientes ni esposa o concubina,
Ombo se encargaba de administrar todo lo concerniente a la administración de
los bienes y propiedades de su amo. En la entrada principal del palacete había
un marbete con una inscripción en árabe, persa y chino que decía: “No
vigilarás a tu esposa en su casa”.
- Si
tuviera esposa, andaría olisqueando por aquí y por allí, decía Arnaís
a sus invitados en son de broma.
- Para
que quieres mujer, con tantas bellas criadas que pululan por todo tu palacio, le
dijo una vez un noble comerciante de ganado.
- No
amigo, aquí las mujeres son un sexo decorativo para mí, no tienen nunca nada
que darme porque yo lo he dispuesto así, dijo Arnaís.
Arnaís
consideraba a las criadas seres indispensables en su palacio. A algunas las
había adiestrado para que tocaran instrumentos musicales, a otras, para que
recitaran, a otras las había provisto de objetos de belleza, pinzas para pelo,
peines, pinceles para aplicar sombras, espejos de mano, collares de cuentas,
gargantillas y piedras y paletas para moler los cosméticos, todo lo necesario
para que embellecieran a las bailarinas que alternaban las danzas lentas y
eróticas con ejercicios violentamente acrobáticos en los grandes banquetes que
solía dar a los monarcas vecinos dos o tres veces al año.
Ahí,
entre una espléndida coreografía donde se alternaban ruedas, saltos, piruetas,
saltos mortales e inclinaciones, Arnaís solía concluir sus negocios con otros
reyes o importantes comerciantes. Ahí se mercadeaba ricino, cebada, uvas,
escandia, papiro, ajonjolí, lino y palmeras; otros especializados en carne y
leche, ofertaban cabras, cerdos, ganado y ovejas. Este había sido el acierto de
Arnaís para convertirse en el monarca más rico de toda la región y, tras esa
fortuna, estaba fijada la ambición de Trasimeno.
- Ese
hombre ha pensado en todo, Procurcio, pero ha fallado en lo más importante, no
posee un ejército que pueda resistir un día de batalla y, al no tener
herederos, con su muerte todo en su reino sería un caos. Apoderarse de ese rico
imperio sería tan fácil como aplastar un hormiguero.
Procurcio
estaba de acuerdo, lo único que faltaba ultimar era cómo, cuándo y dónde se
llevaría a cabo el asesinato.
- Puedes
traerme algo de comer, estas cosas me abren el apetito, dijo
Trasimeno, quien lucía una figura que ya bordeaba la obesidad.
Procurcio
se retiró y Trasimeno se quedó mirando el horizonte. Veía el cielo con sus
nubes bajas, como inquietos copos de nieve con que el viento jugaba, iluminados
por una luz violeta vibrante y luminosa que con el transcurrir de las horas
íbanse opacando progresivamente hasta desvanecerse en la inmensidad de la
noche.
IV
El
día de la coronación de Trasimeno, Márcico estaba convaleciente en la única
casa de campo que el ambicioso príncipe le había dejado. Desde hacía días se
sentía débil, con mareos y náuseas, alucinaciones y delirios que lo hacían
presentir su muerte. Toka, su criado, le colocaba apósitos para calmarle la
fiebre que, según él, lo devoraba por dentro. La criada, una joven siria, le
administraba pequeñas dosis de belladona en los alimentos y en la bebida.
- Que
su muerte sea lenta, le había advertido Procurcio. El príncipe
Trasimeno sabrá recompensarte luego de su coronación.
Entre
ella y Toka se repartirían todas las propiedades del viejo adivino. Las tierras
de cultivo serían compartidas con Vinicius y Truso, quienes habían conseguido
el veneno de un mercader egipcio que estaba de paso por Roma.
- Esto
puede tumbar hasta un caballo, le había asegurado el mercader.
Entre
los invitados a la coronación estaba Arnaís, quien llegó en un carruaje tirado
por dos hermosos caballos blancos adornados con plumas negras y púrpuras. La
frente en alto, mentón rígido, tieso como una estatua que espera ser vitoreada
por sus súbditos para cobrar vida, Arnaís ostentaba todos los lujos
inimaginables.
Minutos
antes de recibir la diadema de manos del joven Vinicius, Procurcio se acercó a
su amo y le musitó al oído:
- El
perro ha dejado escapar su último resuello.
El
perro no era otro que el viejo Márcico, quien en esos instantes era cremado en
los jardines de su último aposento.
Trasimeno
había dispuesto de uno de los palacetes que su padre había construido cerca al
mar para la fiesta de su coronación. La construcción era una clara imitación de
la arquitectura persa, con una fuerte muralla que lo circundaba como una forma
de protección. El palacio estaba la mayor parte del año desocupado; cuando
algún rey o cónsul o general del ejército llegaba a la ciudad con sus
sirvientes y su familia, se los alojaba preferentemente ahí. Provisto de
amplios salones, baños adecuados, un gran número de habitaciones, jardines
vistosos y azoteas con vista al mar, el palacete fue bien visto por los invitados.
Arnaís fue hospedado cerca a las habitaciones de Trasimeno. El rey egipcio lo
tomó como una deferencia especial; para Trasimeno tenía otro significado.
- El
gato debe tener al ratón cerca, no vaya a ser que presienta el peligro y se
escabulla, le había dicho a Procurcio.
Como
ayuda de cámara de Arnaís, para mayor seguridad Procurcio había destacado a
Azzam para
que vigilara la puerta de acceso a las habitaciones de tan distinguido
invitado.
- Dígale
al rey que agradezco esa preocupación por mi seguridad, dijo Arnaís a
Procurcio.
Al
criado le extrañaba la excesiva confianza con que sobrellevaba la vida aquel
monarca en términos de seguridad personal.
- Le
ponen una soga al cuello y no hace más que tirar de ella como buscando
estrechar el lazo, dijo Procurcio a Azzam.
Trasimeno
podía deshacerse de Arnaís ahí nomás, pero no quería despertar sospechas.
Amante
de la arquitectura, el rey egipcio quedo deslumbrado de la vistosidad de sus
habitaciones. Eran muy espaciosas, estaban enlosadas con mosaicos de mármol
azulado y durante todo el día eran iluminados por unos tragaluces revestidos de
micas. Los atlantes intercalados entre las paredes eran muy variados y
sostenían, unos sobre sus hombros y otros sobre sus cabezas, los arquitrabes de
elegantes y variados dibujos.
Los
días transcurrieron entre bailes, danzas, comilonas, sexo y embriagueces.
- Ustedes
los romanos son dados a los placeres desenfrenados, comentó con
sutileza Arnaís.
Trasimeno,
que ya lucía una figura obesa y de rostro rojizo y mofletudo, contestó:
- Hay
que disfrutar de la vida majestad.
Después
de siete días de fiesta, Arnaís quiso marcharse.
- Ha
sido un placer y un honor tenerlo a mi lado en este momento tan importante para
mí majestad, dijo Trasimeno.
Arnaís
agradeció a su vez la hospitalidad del nuevo monarca.
- Pero
antes, debo comunicarle que regresará usted a casa por mar, dijo
Trasimeno.
Arnaís
quedó boquiabierto. Había llegado por tierra y era de suponer que también
regresaría igual.
- Pero
es que yo..., logró articular el rey antes que Trasimeno lo interrumpiera.
Lo
llevó del brazo a uno de los balcones con vista al mar, donde Procurcio, muy
solícito, hizo a un lado las cortinas de sedas indias que cubrían los
balaustres. Arnaís quedo deslumbrado. A orillas del mar descansaba una alargada
embarcación de forma ahusada.
Como
mascarón de proa había un hermoso pez tallado por los mejores carpinteros
romanos de Ostia que Trasimeno había contratado para obsequiar al monarca
egipcio. Tres cabos mantenían la embarcación amarrada a unos pilotes, pues, el
mar se hallaba un poco encabritado.
- Claro
que regresaré por mar, querido amigo, dijo Arnaís emocionado. Daré
las órdenes para que mi comitiva regrese a Egipto sin mí, concluyó
complacido.
El
ratón había caído en la ratonera y el gato afilaba las uñas para el zarpazo
mortal.
V
Arnaís
despertó de buen humor. Ombo le llevó su primera comida del día a su
habitación. Pan, untado con aceite de ajonjolí, uvas, y una porción de cebolla
picada con gachas de garbanzos.
La
partida había sido programada para después del desayuno; la comida de Trasimeno
no tenía nada de frugal con respecto a la de su invitado: un trozo de cordero,
vino, dátiles, uvas y pasas de Corinto.
Antes
del mediodía embarcaron.
- Es
raro que un romano no lleve mujeres en sus viajes de placer, dijo
Arnaís socarronamente.
Trasimeno
dibujó una sonrisa de compromiso. El mar lucía tranquilo y el cielo despejado,
sin nubes, como una alfombra azulina de cachemira.
- Te
equivocas amigo, dijo.
Trasimeno
dio una señal a Procurcio y de inmediato aparecieron dos hombres y una
muchacha. Uno de los varones portaba una cítara, el otro un arpa curvada.
Cuando la música sonó, una muchacha comenzó a recitar unos versos amorosos que
cantaban el rescate de Andrómeda por Perseo que emocionó al rey egipcio...
...Se
erguía encadenada a una roca; el joven Perseo detuvo
su
rápido vuelo, para contemplar a la hermosa doncella.
Tan
dulce su figura, tan exquisitamente delicada,
parecía
una estatua obra de mano divina,
de
no ser que el viento hacía ondear sus trenzas,
y
que sus penas fundidas en llanto, rodaban por sus mejillas.
Su
forma perfecta inflama el ardor del joven;
cuanto más mira, tanto más admira...
La
hermosa novia se adelanta, libre ahora de sus cadenas,
causa
y dulce recompensa de todos los trabajos del héroe...”
Las
horas pasaban entre la dulce música, los versos de amor y el balanceo suave de
la nave que patinaba en el mar. El almuerzo fue abundante. Medusas y huevos de
aperitivo; corzo asado con salsa de cebolla, ruda, dátiles de Jericó, pasas,
aceite y miel; de postre, fricasé de rosas con masa para pasteles.
- Tiene
que cuidar su salud, sino no vivirá muchos años, majestad, dijo Arnaís
quien sólo probó unos bocados, mientras Trasimeno se atragantaba con tan
suntuosos manjares.
Bebieron
vino y Trasimeno hizo llamar a los músicos. Era la señal convenida para que
Procurcio fuera preparando la trampa que habían armado para el rey egipcio: ya
entraba la primavera y un canto de amor a la diosa Dione era un tema propicio
para despedir a ese rey egipcio tan amante del mar.
“...Fue
en aquel día que vio la abundante crecida
subir
girando, impregnada de sangre celestial;
errante,
en círculos, esperaba el séquito marino,
el
resto era sólo un vacío azul;
el océano materno se esforzaba con dolor,
y de allí surgió, goteando, la hermosa Dione.
Que
aquellos que nunca han amado, amen ahora;
y
aquellos que siempre han amado, amen ahora aún más...”
Ombo
ya había escuchado los últimos versos. Los fuertes y macizos brazos de Azzam
habíanle arrancado el último hálito de vida. Arnaís se vio tomado de los brazos
por dos hombres de la guardia personal de Trasimeno y cayó en la cuenta que
había sido traicionado.
- Miserable
embustero, logró decir.
Casi
a rastras, fue llevado hasta la popa de la embarcación. Con la expresión de la
angustia en el rostro de quien ve acercarse a la muerte, con la frente pálida,
Arnaís se sintió abatido, humillado, traicionado de la forma más grosera que
podía imaginarse. Meditó unos momentos y se sintió persuadido de que ya no
había nada que hacer.
Como
todo egipcio, Arnaís pensaba vivir en el más allá. Lamentó en ese momento no
encontrarse preparado para la complicada vida de ultratumba donde esperaba
estar al mismo tiempo en el cielo, en la barca del dios, bajo tierra, labrando
los campos Elíseos y gozando de los víveres en su tumba. Esperaba ser juzgado
por Osiris, dios del mundo de las tinieblas, que sopesaría sus virtudes y sus
pecados, bien para otorgarle una renovada vida eterna o bien para sentenciarlo
a una segunda muerte de extinción.
Trasimeno
se acercó a él, casi podía decirse que percibía el aliento del hombre que en
pocos minutos estaría en el mar chapoteando, desesperado, tratando de librarse
de un destino que ya era inevitable.
- Nunca
es tarde para aprender a nadar, le dijo Trasimeno riéndose como un
desquiciado.
Arnaís
escupió en la boca del canalla.
- Como
hizo tu dios romano en la boca de esa infame mujer troyana que traicionó su
promesa, hago lo mismo contigo, dijo con desprecio. Por esa
boca morirás miserable y ahorcado por tus propias manos dejarás de respirar
como un perro sarnoso.
Trasimeno
se limpió de saliva con la túnica, quitó el anillo de oro del dedo de Arnaís y
ordenó a Procurcio que procediera.
- No
quiero que cuando lo encuentren flotando, sepan por el anillo de quién se
trata. Pensarán que es un pescador.
Procurcio
y los guardias lo levantaron en vilo y lo lanzaron al mar que, a esa hora de la
tarde, comenzaba a mostrarse proceloso. Cinco minutos pasaron para que el
monarca egipcio desapareciera entre la espuma de ese mar que tanto había amado
en vida.
De
regreso a su palacio, Trasimeno arrojó el anillo de Arnaís al mar. El rey
egipcio era ya sólo un recuerdo.
VI
Había
transcurrido un mes desde la muerte del rey Arnaís y su reino era un caos.
Trasimeno tuvo que hacer frente a una comitiva de sacerdotes y aristócratas egipcios
que viajaron hasta Roma para conocer los pormenores de su desaparición.
Trasimeno dijo que el rey Arnaís había hecho sólo un trecho junto a él y que
con su criado Ombo, decidieron viajar solos hasta Egipto guiando la embarcación
que le había obsequiado.
Los
egipcios se tragaron el embuste y convencidos de que la nave se había hundido
con sus dos ocupantes. Entre las mentiras que les contó el romano estaba
aquella de que otra embarcación los había escoltado y, que al ver el mar
tranquilo, decidieron hacer el transbordo y regresar a Roma. La nave se había
hundido, era cierto, pero lo había hecho Procurcio por órdenes de su amo en una
bahía cerca al mar de Ostia.
Los
planes para apoderarse del trono de Arnaís fueron elaborados por los generales
y comandantes de Trasimeno.
- Cuando
vean nuestro poderío militar van a huir como ratas y dejaran las ciudades a
nuestra merced, dijo Trasimeno levantando una copa de vino.
Uno
de los aristócratas ahí presente, comentó al oído de un senador.
- Para
trasladarlo al campo de batalla va a ver que conseguir una buena carreta tirada
por dos fuertes bueyes.
Las
alusiones a su obesidad eran comunes entre los baños, las habitaciones y los
pasadizos del palacio.
Aun
en la ciudad, entre la gente del pueblo, se comentaba el exceso de peso que
tenía quien, según él, iba a comandar las legiones guerreras.
Eran
más de un centenar los invitados a la gran fiesta que Trasimeno daba en “honor” a
la muerte de su amigo Arnaís.
- Ese
le torcería el cuello a su madre con tal de obtener algún beneficio, dijo
un cónsul a su esposa.
- No
te puedes quejar, querido, dijo la mujer, gracias a él has
obtenido más tierras, más esclavos y hasta una residencia en la campiña. Y mira
el gran festín que nos vamos a dar.
En
amplias mesas habían colocado los criados los cuantiosos manjares salidos de
las cocinas: langostas, guarnecida de espárragos, múgiles de Córcega, lampreas,
hígados de oca, capones, verracos rellenos con carne de avestruz hervida con
salsa dulce y gran variedad de trufas y manzanas. Todos los placeres culinarios
propios de la mesa de un rey estaban ahí, al alcance de cónsules, lictores,
senadores, tribunos y aristócratas.
Cuando
estuvieron sentados a la mesa, Trasimeno mandó pedir su plato preferido,
lamprea bañada en salsa de nueces.
- Brindemos
por nuestro ejército que en pocos días conquistará para nosotros nuevas
tierras, nuevos esclavos, nuevas riquezas, dijo Trasimeno ya algo
borracho por todo el vino que había bebido.
- Salud
por usted, majestad, y porque los dioses le brinden muchos años y nuevas
conquistas, dijo uno de los senadores más serviles y adeptos.
Los
comensales echaron diente con gran entusiasmo, pero quedaron sorprendidos por
la forma como el monarca se atragantaba con los trozos de lamprea.
- Todo
un animal comiendo, dijo un tribuno, lanzándolo en una
catapulta destrozaríamos cualquier muralla enemiga.
Quienes
lo escucharon comenzaron a reír estruendosamente. Trasimeno los miró con los
ojos desorbitados.
Todos
quedaron pasmados pensando que el monarca había oído la ocurrencia. De repente,
Trasimeno se llevó las manos a la garganta y comenzó a trastabillar. Trataba de
articular palabras, pero no podía. Su rostro pasó del rubor a tornarse azulado.
- Se
está asfixiando, gritó un lictor.
Procurcio
corrió a socorrerlo, trató de quitar las manos de la garganta de Trasimeno,
pero estas se hallaban agarradas al garguero como garras que se cerraban más y
más.
En
esos instantes últimos, Trasimeno sintió como si su cuerpo se bamboleara
suavemente en un mar tranquilo y una serenidad de muerte se apoderó de él; en
esos instantes últimos, se vio a si mismo flotando sobre las aguas con el
rostro sosegado por el cielo azul de un bello atardecer; en esos instantes
últimos, escuchó una voz cuyas palabras le trajeron el recuerdo de una tarde de
traiciones y conjuros, “por esa boca morirás miserable y ahorcado por
tus propias manos dejarás de respirar como un perro sarnoso”, en esos
instantes últimos, Trasimeno comprendió que su suerte estaba echada y que
cualquier intento de los hombres que lo rodeaban por quitar las manos de su
garganta sería inútil.
Un
grito gutural salió de la boca babeante y espumosa y el monarca cayó
pesadamente.
- Está
muerto, certificó un cónsul.
La
fiesta había terminado trágicamente para todos. Por la noche, cuando algunos
arúspices preparaban el cadáver para la cremación y ya se había logrado separar
las manos del cuello, uno de los agoreros dijo:
- Parece
que hay algo dentro de la boca.
Procurcio,
acongojado, observaba la escena como una estatua.
Con
unas pequeñas tenazas se hurgó varios minutos en el interior de esa boca que
durante años había paladeado los mejores manjares del arte culinario.
- Es
algo duro, ya casi lo tengo, dijo unos de los arúspices.
Procurcio
vio salir de la boca del muerto un grueso anillo de oro que llevaba labrado la
figura de un pez. En ese instante comprendió que el anillo lanzado por
Trasimeno al mar tenía que haber sido ingerido por la lamprea que le habían
servido en la comida y que él, en su desmesurada forma de comer había ingerido
carne y anillo.
Lo
demás ya no importaba.
Arnaís
había vuelto del reino de los muertos a cobrarse la revancha.
Wolfsschanze,
noviembre – diciembre 2012.
OREJITA CHUPADA
Como andarían mal las cosas por la sabana que un día se vieron
nariz con nariz una zorra y una hiena.
-
Por aquí no hay ni agua ni comida, dijo la hiena, quien lucía más flaca que una suela.
-
Yo vengo del otro lado de aquel cerro que está ahí y no he
encontrado ni un ratón con que calmar el hambre que tortura mis tripitas, dijo la zorra cuya delgadez dejaba contar hasta sus
costillas.
Los únicos que lucían esplendorosos eran los cuantiosos cactos
que para medrar los tiempos de sequía les bastaba con la humedad de los vientos
matutinos. Los remolinos de viento y polvo iban difuminando las huellas de
aquellas dos infelices que si no encontraban algo que comer, terminarían como
merienda de un grupo de buitres que seguían su andar esperando el momento
preciso para descender o darles curso.
-
Cómo estaremos de flacas que esos buitres ya deben estar
lamiéndose el pico, pensando que hoy tendrán su comida asegurada, dijo la hiena mirando el vuelo en círculo de las aves
carroñeras.
Toda la vegetación languidecía, poco iba quedando del verdor y
de los colores con que las plantas armonizaban el ambiente de luz y lozanía en
los tiempo de lluvia.
A medida que avanzaban y con el sol más ardoroso a cada
momento, las pocas fuerzas que les quedaban iban menguando.
Después de una hora de andar al azar, la zorra y la hiena
toparon con una pequeña manada de cebras. Agazapadas tras una roca, observaron
a las cebras arrancando algunas raíces que asomaban entre ese suelo seco y
polvoriento.
-
Creo que nuestra suerte va a cambiar, amiguita, dijo la zorra de buen ánimo.
La hiena miró a las cebras y luego a esa zorra flacuchenta y
maloliente y estalló en carcajadas.
-
¿Qué te pasa, te has vuelto loca?, gruñó la zorra.
-
Es que no puedo imaginar cómo harías para tumbar a esos animales
tan grandes y fuertes, dijo la hiena.
La zorra se llevó una pata a la cabeza y le dijo:
-
Hiena tonta, acaso no sabes que soy un animal muy astuto.
La hiena pensó que si quería comer algo lo mejor era
permanecer callada.
-
Y para completar nuestra suerte, ahí está ese melenudo
durmiendo como siempre. Vamos, necesitamos un socio más y hoy llenaremos la
panza hasta hastiarnos.
Un león que dormía plácidamente patas arriba al lado de un
tronco vio interrumpido si descanso.
-
León, gritó la zorra. León despierta.
El felino permaneció inmutable.
La zorra se subió al tronco y de ahí saltó sobre la panza del
león gritando como loca.
-
Despierta haragán, ocioso, mantenido, melenudo…
El león abrió un ojo y tomó a la zorra del cogote. Así la
mantuvo en el aire mientras despertaba completamente de su sueño.
-
Mira amiguita, si vuelves a hacer eso te arrancaré la cabeza
de un zarpazo. Agradece que estoy un poco cansado y no tengo ganas de perder el
tiempo.
La zorra salió despedida varios metros y terminó enredada
entre unas zarzas.
-
Allá tú, dijo la zorra quitándose
el polvo. Pensé que querías darte un
banquete con una de esas cebras que están allí.
El león escuchó cebra y paró las orejas.
-
¿Y tú crees que yo voy a levantarme con este sol abrasador
para atrapar una de ellas sólo para que tu comas a costa mía. Ni hablar, no me
muevo de aquí, así que ándate tú y esta hiena mugrosa y vean cómo se las
arreglan.
La hiena ni se dio por aludida.
Estar al lado de ese enorme animal ya la ponía nerviosa, más
aún, sabiendo que la zorra no se daría por vencida.
-
No necesitarás moverte de aquí. Yo y mi amiga la hiena la
traeremos hasta acá, tú la mataras y repartiremos en tres partes y todos
contentos.
La hiena miró hacia el sol y pensó que el fuerte calor había
estupidizado a la zorra.
El león aceptó, pero solo porque deseaba deshacerse de esa
zorra que no tenía intenciones de marcharse.
-
Muy bien. Tráela hasta aquí y yo la mataré, repartiremos y
luego cada uno por su lado, te parece bien,
dijo el león.
-
Trato hecho amigo, venga esa patita para darle seriedad al
asunto.
León, zorra y hiena juntaron sus patas y el acuerdo quedó
hecho.
Demás está decir que el león sabía que era imposible que esas
dos esqueléticas arrastraran a una de esas cebras hasta donde él dormía.
Lo único que quería es seguir durmiendo y eso hizo.
-
¿Y cómo vamos a hacer para llevar esa cebra hasta donde duerme
ese haragán? ¿Acaso la vamos a cargar hasta allá?, preguntó la hiena preocupada.
Habían llegado hasta un
bosquecillo de espinos.
-
Tú te esconderás detrás
de estos arbustos. Yo traeré a la cebra hasta aquí, cuando la veas pon la cara
más horrorosa que puedas lograr y grita como una condenada. Si observas bien,
la cebra, asustada, correrá hacia el león, no tendrá otro lugar donde ir, dijo la zorra.
La hiena se rascó el mentón convencida de que talento a esa flacuchenta no le faltaba.
La zorra llegó hasta donde pastaban las cebras y comenzó a
correr en círculos gritando “soy una
cebrita”, “soy una cebrita”. Algunas cebras estallaron de risa; otras
pensaron que estaba loca.
-
Conque eres una cebra no. ¿Y dónde están tus rayas?
La zorra se detuvo y observó su cuerpo durante unos segundos.
Luego se mostró triste y acongojada. Como nunca falta un buen corazón, una
joven cebra se acercó y le dijo:
-
No te pongas triste. Tú eres una zorra y yo soy una cebra. Así
nos han hecho y nada cambiará.
Pero otra cebra, malintencionada y burlona, quiso mofarse de
la zorra.
-
Aunque viéndote bien, pareces una cebra, aunque un poco enana.
-
Me ayudarías a transformarme en una cebrita, preguntó la zorra fingiendo ingenuidad.
-
Claro, porqué no, dijo
la cebra latosa.
-
Allá, tengo pinturita blanca y negra, y una brocha para que me
hagas mis rayitas.
La cebra se desternillaba de risa pensando en los pegotes de
pintura que echaría en el cuerpo de la zorra. “Con este sol se pondrá dura como una piedra”.
Cuando la zorra llegó donde la hiena esta estaba más dormida
que el león. Una patada en la nariz la despertó. La cara que puso la hiena
asustó hasta a la zorra que corrió tan espantada como la cebra.
El león, que dormía a pata suelta, fue despertado por los
gritos de la asustada cebra. Con la agilidad propia de los felinos el melenudo
cogió a la cebra y de una dentellada se prendió de su pescuezo.
La hiena y la cebra no cabían de contentas al ver tan
suculenta presa, la cual iba cerrando los ojos a medida que el león le apretaba
la tráquea. Muerta la cebra, el león empezó a lamer el cuerpo de su víctima. La
hiena babeaba, a la zorra le bailaban los ojos de entusiasmo y el león miraba y
lamía ese hermoso trofeo que tenía entre sus patas.
-
Bien socias, a repartir, dijo
el león.
Arrancó el rabo y se lo dio a la hiena; a la zorra le dio una
oreja y él se quedó con el resto.
-
Una parte para cada uno,
dijo el león y de una mordida le arrancó una pierna a la cebra.
-
Un momento, dijo
la hiena, porque no te quedas tú con este
rabo y yo con todo eso.
-
Cómo no, dijo el león, mostrando
su garra. Sólo tienes qué quitarme mi
parte.
La hiena vio esa pata enorme con unas uñas que emergían como
puñales, carraspeó y dijo con resignación.
-
Aunque pensándolo bien, este rabito se ve sabroso, así que, me
voy yendo por ahí a buscar una buena sombra para saborearlo.
-
¿Y tú, tienes algo que decir? Preguntó el león con voz amenazante.
-
No, no, contestó la zorra. A mí la verdad que la carne de cebra me cae
mal. Con esto tengo suficiente, no hay como una orejita chupada para calmar el
hambre.
Fueron tantas las maldiciones que la zorra por un lado y la hiena
por otro invocaron para que el león se indigeste, que por la noche el abusivo
melenudo se retorcía de dolor sin encontrar explicación a su mal.
Wolfsschanze, julio del 2013.